La adolescencia es una etapa de transición intensa. No es solo una cuestión de edad: es un momento de construcción de identidad, de búsqueda de pertenencia y de experimentación. El cerebro aún está en desarrollo —especialmente las áreas relacionadas con el control de impulsos y la toma de decisiones— mientras que el sistema emocional y de recompensa funciona con gran intensidad.
En este contexto, el consumo de sustancias o las adicciones comportamentales (pantallas, videojuegos, apuestas, pornografía) no suelen aparecer “porque sí”. Casi siempre cumplen una función.
¿Por qué un adolescente consume?
Detrás del consumo suele haber necesidades no cubiertas, dificultades emocionales o intentos de regulación interna. Algunos factores frecuentes son:
Búsqueda de pertenencia. El grupo de iguales cobra un papel central. Consumir puede ser una forma de sentirse incluido.
Gestión emocional insuficiente. Ansiedad, tristeza, soledad, frustración o baja autoestima pueden llevar a buscar alivio inmediato.
Curiosidad y experimentación. Probar límites forma parte del desarrollo.
Impulsividad y menor percepción del riesgo. El cerebro adolescente prioriza la recompensa a corto plazo.
Conflictos familiares o falta de comunicación.
Dificultades académicas o sociales.
Es importante comprender que, en muchos casos, el consumo es un síntoma, no el problema principal.
Nuevas adicciones: cuando no hay sustancia
En consulta cada vez es más frecuente observar dificultades relacionadas con:
Uso excesivo del móvil y redes sociales.
Videojuegos con pérdida de control.
Apuestas online.
Pornografía en edades tempranas.
Estas conductas activan los mismos circuitos de recompensa que las sustancias. La diferencia es que están socialmente normalizadas y disponibles las 24 horas. El adolescente no siente que “esté haciendo algo grave”, pero puede desarrollar dependencia psicológica, irritabilidad cuando no puede acceder, descenso del rendimiento académico o aislamiento progresivo.
Señales de alarma
No todo consumo implica adicción, pero conviene prestar atención cuando aparecen:
Cambios bruscos de conducta.
Aislamiento o abandono de actividades previas.
Irritabilidad intensa.
Mentiras frecuentes.
Descenso significativo en el rendimiento escolar.
Alteraciones del sueño.
Pérdida de interés por la familia.
La clave no es reaccionar con pánico, sino con observación y acompañamiento.
El papel de la familia
La familia no es la causa de la adicción, pero sí es una parte fundamental de la solución. Algunas claves importantes:
Mantener una comunicación abierta y sin juicios.
Establecer límites claros y coherentes.
Diferenciar entre la conducta y la persona.
Evitar el control excesivo y también la permisividad absoluta.
Supervisar sin invadir.
Un adolescente necesita estructura, pero también sentirse escuchado.
Prevención: más allá de “no consumas”
La prevención no se basa únicamente en prohibir, sino en fortalecer factores de protección:
Autoestima saludable.
Habilidades de regulación emocional.
Pensamiento crítico.
Tolerancia a la frustración.
Vínculos familiares sólidos.
Actividades significativas (deporte, arte, proyectos personales).
Cuando un adolescente aprende a gestionar su malestar sin anestesiarlo, disminuye el riesgo de buscar refugio en el consumo.
¿Cuándo pedir ayuda profesional?
Es recomendable consultar cuando:
El consumo se vuelve frecuente o descontrolado.
Hay deterioro en varias áreas (académica, familiar, social).
La comunicación familiar está muy deteriorada.
El adolescente muestra síntomas de ansiedad, depresión o aislamiento severo.
La intervención temprana marca una gran diferencia.
La adolescencia no es una etapa problemática por definición, pero sí vulnerable. Entender las adicciones en esta etapa implica mirar más allá de la conducta y preguntarnos:
¿Qué está intentando gestionar este adolescente?
¿Qué emoción no está pudiendo expresar?
¿Qué vacío está intentando llenar?
Acompañar, escuchar y ofrecer herramientas es siempre más eficaz que castigar o minimizar.
Si te preocupa la situación de tu hijo o hija, pedir orientación no significa dramatizar. Significa cuidar.
